El Bucle de Nvidia: ¿Vendor Financing o Burbuja de IA?
El Rey Midas de Silicon Valley (y su extraña forma de hacer oro)
Cuando tu cliente eres tú mismo disfrazado con un bigote postizo
Si has mirado la bolsa en los últimos dos años, sabrás que Nvidia ya no es una simple empresa de hardware, se ha convertido en una teología financiera. Su CEO, Jensen Huang, con su chaqueta de cuero eterna, firma autógrafos en pechos (literalmente, buscadlo en Google) y sus chips H100 se trafican en el mercado negro tecnológico como si fueran maletines de uranio enriquecido. Todo el mundo quiere una, todo el mundo necesita una para entrenar a su propia IA y no quedarse atrás en la carrera hacia Skynet. La capitalización de mercado de Nvidia ha superado el PIB de países enteros, y su informe de ganancias trimestral se ha convertido en el evento más importante del planeta, por encima de la Super Bowl o las elecciones estadounidenses.
No es solo hardware. Es ingeniería financiera con chaqueta de cuero y GPUs como colateral.
Pero en los callejones oscuros de Wall Street, donde los tiburones huelen la sangre antes de que alguien se corte, ha empezado a circular una palabra maldita. Un término técnico que hace sudar frío a los directores financieros veteranos y que trae flashbacks de pesadilla de la burbuja punto-com del año 2000, Vendor Financing (Financiación de Proveedores). No es un término sexy, no sale en las notas de prensa triunfales, pero es la clave que podría explicar por qué la gravedad parece no afectar a esta empresa.
¿De qué va esto realmente? Imagina que eres dueño de un bar de moda, de repente, tus ventas se disparan un 200%. Eres el rey de la noche. Pero si miramos de cerca, descubrimos que nadie tiene dinero real para comprarte cerveza. Lo que estás haciendo es prestarles 50 euros a tus clientes en la puerta con una única condición, que entren y se lo gasten todo en tu barra. ¡Boom! Tus ventas explotan, tus barriles se vacían y, sobre el papel, eres el empresario del año, pero en realidad, tu caja registradora no está llena de efectivo, sino de pagarés firmados por gente que quizás no pueda devolverte el dinero mañana.
Nvidia niega categóricamente estar haciendo esto de forma directa, y técnicamente, sus abogados tienen razón. Pero lo que están orquestando es mucho más sofisticado, elegante y, posiblemente, igual de arriesgado sistémicamente. No es un préstamo directo, es una red compleja de incentivos que mantiene la rueda girando.
¿Qué demonios es el ‘Vendor Financing’?
Explicación para gente que no lleva corbata
En castellano llano, el Vendor Financing es vender hoy usando la deuda de mañana, es una práctica vieja como el hilo negro, utilizada habitualmente en industrias de capital intensivo como la maquinaria pesada, la aviación o el software empresarial complejo. La lógica es simple, si tu cliente necesita tu producto para operar pero no tiene la liquidez inmediata para pagarlo, tú (el vendedor) le financias la compra. Asumes el riesgo crediticio para no perder la venta y, de paso, atas al cliente a tu ecosistema tecnológico de por vida, es el equivalente corporativo de «la primera dosis es financiada«.
No es crecimiento orgánico, es dinero dando la vuelta a la manzana antes de que alguien pregunte quién lo va a devolver.
La ventaja para el vendedor es adictiva, inflas tus cifras de ingresos trimestrales de manera inmediata y ganas cuota de mercado a lo bestia, aplastando a la competencia que no puede permitirse financiar a sus clientes. El mercado te aplaude, tus acciones suben como la espuma y los bonus de los directivos se multiplican. Todo parece perfecto mientras el crédito fluya y el cliente crezca.
El riesgo, claro, es que te estás convirtiendo en un banco sin las regulaciones de un banco. Si tu cliente quiebra (y las startups de tecnología tienen la mala costumbre de morir jóvenes), te enfrentas a un escenario de pesadilla, el «doble o nada» fallido. No solo pierdes un cliente futuro, sino que pierdes el capital que le prestaste y el producto que le entregaste, que ahora inunda el mercado de segunda mano deprimiendo los precios.
Y aquí es donde entran los bajistas (short sellers), esa gente encantadora y cínica que apuesta dinero a que las empresas se van a estrellar. Están mirando a Nvidia con prismáticos de largo alcance, buscando la trampa contable, y creen haberla encontrado, no en las facturas directas, sino camuflada bajo etiquetas eufemísticas en sus informes de «inversiones estratégicas«.
La «Lavadora» de Ingresos de la IA
El arte de la inversión circular y el ‘Round Tripping’
Nvidia es demasiado lista para hacer algo tan burdo como prestar dinero directamente, no van por ahí firmando hipotecas. Su estrategia es mucho más sutil, invierten en capital riesgo. Utilizan su inmensa caja (generada por la subida de sus acciones) para invertir en startups prometedoras del sector de la IA. Empresas como CoreWeave, Hugging Face o Inflection AI.
El diagrama del flujo del dinero funciona así, y es tan perfectamente circular que marea:
Nvidia tiene una valoración bursátil astronómica y acceso a capital barato.
Nvidia invierte, digamos, 100 millones de dólares en una startup de IA (llamémosla «StartGPT«).
StartGPT recibe el dinero y celebra su ronda de financiación. Pero, ¿qué necesita StartGPT para existir? Necesita capacidad de computación. Necesita GPUs.
StartGPT gira ese mismo cheque de 100 millones (o una gran parte de él) de vuelta a Nvidia para comprar chips H100.
Nvidia registra esa compra como «ingresos por ventas de Data Center«.
Wall Street ve los ingresos récord, se vuelve loco y sube aún más las acciones de Nvidia.
Nvidia ahora tiene más capital para invertir en la siguiente startup. Volver al paso 1.
En el mundo financiero, esto roza el concepto de Round Tripping (viaje de ida y vuelta). Legalmente, lo llaman «inversión estratégica» o «acuerdos de suministro a largo plazo«. En la práctica, es un ecosistema caníbal que se alimenta de su propia cola. Nvidia está sembrando dinero en el mercado para cosecharlo inmediatamente en forma de ventas, creando una apariencia de demanda orgánica que, en realidad, está siendo subsidiada por la propia matriz.
El caso CoreWeave. El canario en la mina
De minar Ethereum en un garaje a ser el mejor amigo de Jensen
Para entender la magnitud del juego, hay que mirar a CoreWeave. Hace dos años, eran una empresa menor dedicada a minar criptomonedas (Ethereum). Cuando el cripto se hundió, pivotaron a «la nube de IA«. De repente, esta compañía relativamente pequeña consiguió acceso prioritario a miles de chips H100, un hardware que ni siquiera gigantes como Microsoft o Google podían conseguir en cantidad suficiente. ¿Por qué? Porque Nvidia invirtió fuertemente en ellos.
Pero la trama financiera se complica y se vuelve fascinante. CoreWeave no solo usó el dinero de la inversión, utilizó los propios chips H100 que compró (activos físicos que se deprecian) como colateral (garantía) para pedir préstamos masivos a la banca tradicional. Hablamos de una línea de crédito de 2.300 millones de dólares con entidades como Blackstone y Magnetar.
¿Y adivinas para qué usaron ese dinero prestado contra los chips? Exacto, para comprar MÁS chips a Nvidia. Es una palanca de apalancamiento sobre apalancamiento. Nvidia no presta el dinero directamente, facilita que el sistema bancario preste dinero a sus clientes basándose en la premisa de que sus chips son «oro puro» que nunca bajará de precio. Todo el riesgo crediticio se externaliza a los bancos y a CoreWeave, pero el beneficio de la venta se queda limpio en la cuenta de resultados de Nvidia. Es una jugada maestra de ingeniería financiera… hasta que deja de serlo.
El canario no canta, flota. Y eso nunca es buena señal en una mina.
¿Fraude o el futuro de los negocios?
Nadie ha roto la ley, pero quizás han roto la realidad económica
Hay que dejarlo meridianamente claro para evitar demandas, Nvidia no está cometiendo ningún delito conocido. Esto no es FTX, ni Enron, ni Theranos (de momento). Todo está auditado y es legal, es capitalismo creativo en su máxima expresión. Sus defensores dirán que están «acelerando el ecosistema» y permitiendo que la innovación florezca, y no les falta razón.
El problema no es legal, es estructural y macroeconómico. Este esquema crea una demanda artificial o sintética. Si una parte significativa de tu crecimiento explosivo proviene de empresas en las que tú mismo has inyectado capital o facilitado financiación, no estás midiendo la demanda real del mercado final (los usuarios que usan ChatGPT, por ejemplo), estás midiendo tu capacidad de inflar el globo.
La pregunta del millón es ¿Qué pasa si la IA no genera dinero tan rápido como se espera? ¿Qué pasa si StartGPT no consigue suficientes suscriptores de pago para cubrir sus costes de luz y servidores? Que la cadena se rompe por el eslabón más débil. CoreWeave no podría pagar sus préstamos, los bancos ejecutarían las garantías (quedándose con miles de chips usados), y cerrarían el grifo del crédito. De repente, Nvidia se encontraría con que sus «clientes estrella» están en bancarrota y con un mercado secundario inundado de chips H100 a mitad de precio, destruyendo sus márgenes de beneficio.
Cuando la música deje de sonar.
El riesgo de pagar por tiempo, no por valor real
Los short sellers saben que la historia rima. Saben que cuando un proveedor tecnológico dominante empieza a financiar masivamente a sus clientes, suele ser una señal de techo de mercado. Ocurrió con Cisco y las empresas de telecomunicaciones en el año 2000. El mercado deja de pagar por tecnología y empieza a pagar por tiempo. Están comprando tiempo para que la IA se vuelva rentable antes de que se acabe el dinero gratis.
Nvidia se defiende argumentando que sus inversiones son minúsculas (un pequeño porcentaje) comparadas con sus ingresos totales, y es verdad, los números les respaldan hoy. Pero la señal que envían al mercado es preocupante. Sugiere que, quizás, la demanda orgánica de empresas solventes y rentables no es tan infinita como nos quieren vender. Sugiere que hay que «empujar» y lubricar al mercado artificialmente para que siga comprando al ritmo frenético actual.
Cuando el valor deja de importar y solo queda el tiempo, el mercado ya no compite, forcejea.
Estamos viendo la transformación de una empresa de hardware en un banco central de la computación. Una entidad que imprime capacidad de cómputo y, simultáneamente, financia su propia adopción. Mientras la música suene y la IA siga prometiendo curar el cáncer, conducir nuestros coches y escribir guiones de Hollywood, todos bailarán. Pero cuidado con quedarse sin silla cuando Jensen decida (o se vea obligado a) desenchufar el altavoz. Porque la caída no será una corrección, será un reseteo del sistema.
Nvidia ha construido un cohete precioso hacia el futuro. La única duda incómoda que queda es si el combustible es real o si están quemando los muebles de la propia casa para mantenerlo en el aire un trimestre más.
🧠 Bloque de debate TecnoTimes
Nvidia no ha roto la ley. Tampoco ha mentido de forma explícita. Pero ha empujado el sistema hasta un punto en el que la frontera entre demanda real y demanda financiada empieza a difuminarse peligrosamente.
La pregunta ya no es si esta estrategia es brillante, lo es, sino si es sostenible sin distorsionar el mercado. Cuando el proveedor se convierte en financiador, garante implícito y termómetro del éxito de sus propios clientes, ¿qué estamos midiendo realmente?
¿Estamos ante una aceleración legítima de la innovación o ante una burbuja comprando tiempo a crédito?
¿Dónde acaba la inversión estratégica y dónde empieza el vendor financing encubierto?
Si la IA tarda más en ser rentable de lo prometido, ¿quién absorbe el golpe cuando la música se detiene?
¿Puede una empresa privada actuar como banco central de la computación sin consecuencias sistémicas?
La historia tecnológica está llena de empresas que parecían invencibles… hasta que dejaron de serlo. La diferencia es que ahora no solo está en juego una compañía, sino la infraestructura misma sobre la que se está construyendo la IA moderna.
💬 ¿Estamos ante el futuro inevitable del capitalismo tecnológico o simplemente ante la versión 2026 de una burbuja con chaqueta de cuero?
Déjanos tu lectura. Aquí no se aplauden dogmas: se contrastan argumentos.